Dicen que es de bien nacidos ser agradecidos, por ello querría comenzar esta breve reflexión agradeciendo a nuestros padres un hecho que, por mi edad y por todos aquellos que no pudimos en aquel momento opinar, creo que debemos de agradecerles como es la aprobación en referéndum de nuestra Carta Magna, de nuestra referencia como Estado, pero también como Nación.
No debemos olvidar que en aquel instante se fijó lo que queríamos ser en aquel presente y en nuestro presente, en su futuro y en nuestro futuro, y que sólo la durabilidad de normas fundamentales como la Constitución en el tiempo hacen que los países puedan ser considerados modernos, serios, competentes y con futuro.
La Constitución es la razón de ser de nuestra convivencia social, representa la propia radicalidad de lo primario que es España, y siendo importantes todos sus preceptos (y sin que por ello se deba renunciar a la posibilidad de darle ciertos retoques), el artículo 2 encierra la propia idiosincrasia de nuestra Nación: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.”
Debemos pues gritar bien alto, y no por ello ser señalados, que lo que se anhelaba en el año 78 es que España fuese Patria común de todos, y frente a ello surgen ahora quienes, envueltos en un nuevo proceso de la llamada “transición” quieren romper con aquellos principios que tan bien han servido y sirven al bienestar de los españoles. No hablemos de segunda transición como hacen algunos. No podemos creernos, y hacer creer a nuestros conciudadanos, que existe tal hecho por un razón evidente: en el año 1975 tras la muerte de Franco si existían razones mas que sobradas y obvias para hablar de una transición del estado totalitario al democrático, pero en la actualidad ¿de que, a que vamos? ¿de la democracia de toda la nación, a la autarquía de las nacionalidades regionales?, ¿de la democracia que representa el modelo autonómico, a la dictadura de unos nacionalismos que intentan excluir no sumar?. Lo anterior no es una segunda transición si no la imposición, el arbitrio y la ruptura de un sistema, que con sus imperfecciones se ha resuelto como el menos malo. No podemos significarnos en una constante revisión de nuestro modelo de Estado, no podemos estar al que salta intentando complacer a todo el mundo, si no que debemos y yo creo podemos reafirmarnos en una idea, un proyecto común, un proceso que se ha resuelto como positivo para España como es el que representa nuestra Carta Magna.
Nadie puede poner en duda que nos encontramos en un momento crucial, como lo fue el año 1978, no sólo a nivel de lo que puede ser la propia definición del Estado y su reorientación, si no también a la visión que del futuro de España debe de tener nuestro partido. A la vista de lo que habitualmente oímos y leemos, y a lo que parece está en mente de socialistas y sus socios de gobierno (incluidos los nacionalistas vascos) nos estamos viendo avocados hacia un modelo de Estado cada vez más vacío de contenido, y a unas CCAA con una estructura cada vez más asimétrica debido al peso específico que las llamadas Comunidades Históricas quieren asumir en la mal llamada “nueva construcción nacional” o “segunda transición”.
En ese orden de cosas debemos plantearnos si creemos necesario superar el llamado techo autonómico y por ende transformar la fisonomía de nuestro Estado hacía el llamado modelo federal, con los problemas y la profunda transformación que de nuestra realidad supondría.
El punto es crítico, y la elección para nosotros se nos debe presentar como clara: seguir con el sistema que durante 25 años sirvió a los fines últimos de democratizar definitivamente la sociedad española y de cohesionar las denominadas tensiones territoriales; o bien unirse al carro de aquello que pretenden una segunda transición, una transformación de la realidad socio-jurídica-política preexistente.
Una idea clara de lo que queremos, un espíritu orientado hacia esas virtualidades, un hecho diferenciador sin alejarnos de la realidad de la propia sociedad, nos debe llevar a adoptar una decisión inequívoca de defensa de unos valores sobre los que tendremos una doble misión: garantizar su protección con nuestra acción política, y trasmitir a la sociedad clara y eficazmente la necesidad de que nuestro vigente texto constitucional se perpetúe en el tiempo, lo cual no obvia el hecho de que se adapte a la realidad temporal y sufra pequeñas mejoras, pero que busque en lo sumo la preservación del espíritu que inspiró nuestro actual sistema democrático.
Resulta evidente que nada hay en la vida inamovible, pero un sistema democrático precisa de una perduración temporal a similitud de lo que sucede en las democracias mas avanzadas del mundo. No podemos, ni debemos, estar constantemente sometidos a procesos ya no sólo de cambio, sino de cambio de estructura del Estado. La vacilación en este tema hará no sólo tambalear nuestra propia esencia nacional, si no también y de forma arriesgada poner en quiebra franca nuestra posición internacional.
Efectivamente existen, y seguirán existiendo, fuerzas políticas periféricas que buscan cotas de poder superiores, techos competenciales en franca contraposición a la existencia misma del Estado (tal y como lo entendemos en la actualidad), pero nuestro Partido y los defensores de nuestro pensamiento debemos frente a ello convertirnos en una fuerza clara, inequívoca y por tanto en una opción clara de defensa del modelo que mayoritariamente se acogió en el referéndum de 1978. No debemos por ello ceder a las tensiones que se produzcan y que buscarán encasillarnos en una opción que será menospreciada y descalificada por nuestros adversarios, pero que sin lugar a dudas nos hará un partido cada vez mas serio e importante, en una sociedad que no debe estar sometida al albur de aquellos que en un determinado momento accedan a la responsabilidades de gobierno, y que se puedan ver más o menos orientados por los pactos con otras fuerzas políticas que condicionen su acción de gobierno. Debemos ser claros a la hora de mostrar a la sociedad que la existencia de unas normas comunes, claras, reafirmadas en el tiempo es lo que garantiza no sólo la estabilidad jurídica, sino la paz, la prosperidad y el futuro de una Nación como es España, y mientras no nos demos cuenta de que en la perdurabilidad del modelo no se juega única y exclusivamente unas determinadas formas de entender el Estado sino la existencia del mismo, no tendremos claro el sentido del futuro, en definitiva de nuestro porvenir.
Es necesario que la amplia mayoría de los españoles sientan que la Norma Fundamental necesita de estabilidad, que representa los principios y valores mas importantes de nuestra convivencia como españoles, independientemente de vivir en una u otra CCAA.. Ello se debe y puede conseguir a través de la potenciación del convencimiento de que la Constitución es el contrato que nos hace a todos españoles, y la superación de los viejos sentimientos de un pasado del que ya estamos alejados, que nos debe conducir a alcanzar aquel sueño de porvenir compartido con el que algún autor definía la nación.
Ese sentimiento, como ya he dicho, quizá se encuentre hoy en día algo alejado de determinadas autonomías, y la sociedad en su conjunto debemos de proyectar que el hecho de la diferenciación autonómica, el hecho de ser gallego, vasco o catalán, no implica la renuncia a la españolidad de todos, al sentimiento de que todos juntos vamos en el mismo barco, un barco de progreso y futuro llamado España, y del que la Constitución como norma Suprema de nuestro ordenamiento interno es el vigía que necesitamos en la consecución de nuestro objetivos como Nación, y en la búsqueda de un futuro en paz y en prosperidad para todos nosotros.
No debemos olvidar que en aquel instante se fijó lo que queríamos ser en aquel presente y en nuestro presente, en su futuro y en nuestro futuro, y que sólo la durabilidad de normas fundamentales como la Constitución en el tiempo hacen que los países puedan ser considerados modernos, serios, competentes y con futuro.
La Constitución es la razón de ser de nuestra convivencia social, representa la propia radicalidad de lo primario que es España, y siendo importantes todos sus preceptos (y sin que por ello se deba renunciar a la posibilidad de darle ciertos retoques), el artículo 2 encierra la propia idiosincrasia de nuestra Nación: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.”
Debemos pues gritar bien alto, y no por ello ser señalados, que lo que se anhelaba en el año 78 es que España fuese Patria común de todos, y frente a ello surgen ahora quienes, envueltos en un nuevo proceso de la llamada “transición” quieren romper con aquellos principios que tan bien han servido y sirven al bienestar de los españoles. No hablemos de segunda transición como hacen algunos. No podemos creernos, y hacer creer a nuestros conciudadanos, que existe tal hecho por un razón evidente: en el año 1975 tras la muerte de Franco si existían razones mas que sobradas y obvias para hablar de una transición del estado totalitario al democrático, pero en la actualidad ¿de que, a que vamos? ¿de la democracia de toda la nación, a la autarquía de las nacionalidades regionales?, ¿de la democracia que representa el modelo autonómico, a la dictadura de unos nacionalismos que intentan excluir no sumar?. Lo anterior no es una segunda transición si no la imposición, el arbitrio y la ruptura de un sistema, que con sus imperfecciones se ha resuelto como el menos malo. No podemos significarnos en una constante revisión de nuestro modelo de Estado, no podemos estar al que salta intentando complacer a todo el mundo, si no que debemos y yo creo podemos reafirmarnos en una idea, un proyecto común, un proceso que se ha resuelto como positivo para España como es el que representa nuestra Carta Magna.
Nadie puede poner en duda que nos encontramos en un momento crucial, como lo fue el año 1978, no sólo a nivel de lo que puede ser la propia definición del Estado y su reorientación, si no también a la visión que del futuro de España debe de tener nuestro partido. A la vista de lo que habitualmente oímos y leemos, y a lo que parece está en mente de socialistas y sus socios de gobierno (incluidos los nacionalistas vascos) nos estamos viendo avocados hacia un modelo de Estado cada vez más vacío de contenido, y a unas CCAA con una estructura cada vez más asimétrica debido al peso específico que las llamadas Comunidades Históricas quieren asumir en la mal llamada “nueva construcción nacional” o “segunda transición”.
En ese orden de cosas debemos plantearnos si creemos necesario superar el llamado techo autonómico y por ende transformar la fisonomía de nuestro Estado hacía el llamado modelo federal, con los problemas y la profunda transformación que de nuestra realidad supondría.
El punto es crítico, y la elección para nosotros se nos debe presentar como clara: seguir con el sistema que durante 25 años sirvió a los fines últimos de democratizar definitivamente la sociedad española y de cohesionar las denominadas tensiones territoriales; o bien unirse al carro de aquello que pretenden una segunda transición, una transformación de la realidad socio-jurídica-política preexistente.
Una idea clara de lo que queremos, un espíritu orientado hacia esas virtualidades, un hecho diferenciador sin alejarnos de la realidad de la propia sociedad, nos debe llevar a adoptar una decisión inequívoca de defensa de unos valores sobre los que tendremos una doble misión: garantizar su protección con nuestra acción política, y trasmitir a la sociedad clara y eficazmente la necesidad de que nuestro vigente texto constitucional se perpetúe en el tiempo, lo cual no obvia el hecho de que se adapte a la realidad temporal y sufra pequeñas mejoras, pero que busque en lo sumo la preservación del espíritu que inspiró nuestro actual sistema democrático.
Resulta evidente que nada hay en la vida inamovible, pero un sistema democrático precisa de una perduración temporal a similitud de lo que sucede en las democracias mas avanzadas del mundo. No podemos, ni debemos, estar constantemente sometidos a procesos ya no sólo de cambio, sino de cambio de estructura del Estado. La vacilación en este tema hará no sólo tambalear nuestra propia esencia nacional, si no también y de forma arriesgada poner en quiebra franca nuestra posición internacional.
Efectivamente existen, y seguirán existiendo, fuerzas políticas periféricas que buscan cotas de poder superiores, techos competenciales en franca contraposición a la existencia misma del Estado (tal y como lo entendemos en la actualidad), pero nuestro Partido y los defensores de nuestro pensamiento debemos frente a ello convertirnos en una fuerza clara, inequívoca y por tanto en una opción clara de defensa del modelo que mayoritariamente se acogió en el referéndum de 1978. No debemos por ello ceder a las tensiones que se produzcan y que buscarán encasillarnos en una opción que será menospreciada y descalificada por nuestros adversarios, pero que sin lugar a dudas nos hará un partido cada vez mas serio e importante, en una sociedad que no debe estar sometida al albur de aquellos que en un determinado momento accedan a la responsabilidades de gobierno, y que se puedan ver más o menos orientados por los pactos con otras fuerzas políticas que condicionen su acción de gobierno. Debemos ser claros a la hora de mostrar a la sociedad que la existencia de unas normas comunes, claras, reafirmadas en el tiempo es lo que garantiza no sólo la estabilidad jurídica, sino la paz, la prosperidad y el futuro de una Nación como es España, y mientras no nos demos cuenta de que en la perdurabilidad del modelo no se juega única y exclusivamente unas determinadas formas de entender el Estado sino la existencia del mismo, no tendremos claro el sentido del futuro, en definitiva de nuestro porvenir.
Es necesario que la amplia mayoría de los españoles sientan que la Norma Fundamental necesita de estabilidad, que representa los principios y valores mas importantes de nuestra convivencia como españoles, independientemente de vivir en una u otra CCAA.. Ello se debe y puede conseguir a través de la potenciación del convencimiento de que la Constitución es el contrato que nos hace a todos españoles, y la superación de los viejos sentimientos de un pasado del que ya estamos alejados, que nos debe conducir a alcanzar aquel sueño de porvenir compartido con el que algún autor definía la nación.
Ese sentimiento, como ya he dicho, quizá se encuentre hoy en día algo alejado de determinadas autonomías, y la sociedad en su conjunto debemos de proyectar que el hecho de la diferenciación autonómica, el hecho de ser gallego, vasco o catalán, no implica la renuncia a la españolidad de todos, al sentimiento de que todos juntos vamos en el mismo barco, un barco de progreso y futuro llamado España, y del que la Constitución como norma Suprema de nuestro ordenamiento interno es el vigía que necesitamos en la consecución de nuestro objetivos como Nación, y en la búsqueda de un futuro en paz y en prosperidad para todos nosotros.
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